Ser hijos para ser padres: Encuentro de familias con Bernhard Scholz
Este curso, hemos comenzado los encuentros de familias con un invitado especial: Bernhard Scholz, que nos invitó a mirar de nuevo nuestra tarea como padres y educadores: confiar en nuestros hijos, ayudarles a descubrir quiénes son y acompañarlos para que salgan al encuentro del mundo con libertad y esperanza.
¿Qué necesitan nuestros hijos de nosotros para crecer? ¿Y cómo transmitirles que la vida merece la pena, incluso cuando las cosas no salen como esperábamos?
Estas fueron algunas de las preguntas que nos acompañaron el pasado 22 de octubre en nuestro Encuentro de Familias. Este año tuvimos la suerte de contar con Bernhard Scholz, amigo del colegio desde hace años, consultor de empresas y centros educativos. Bajo el título Ser hijos para ser padres, compartió con nosotros experiencias y reflexiones que nos ayudaron a mirar nuestra tarea educativa desde otro lugar: no tanto desde la preocupación por lo que les pueda pasar a nuestros hijos, sino desde la confianza en lo que cada uno de ellos puede llegar a ser.
La conversación partió de una idea que estuvo presente durante toda la tarde: para acompañar a los jóvenes, también nosotros necesitamos detenernos, preguntarnos cómo vivimos y descubrir qué les estamos transmitiendo con nuestra manera de estar en el mundo.
Crecer es descubrir quién soy
A veces, casi sin darnos cuenta, confundimos educar con procurar que a nuestros hijos no les pase nada, que no sufran demasiado y que encuentren un camino seguro. Pero ¿es eso realmente lo que necesitan para crecer?
Bernhard nos recordó que los niños sienten desde pequeños una enorme curiosidad por el mundo. Quieren conocerlo, descubrirlo y entenderlo. Y, a medida que crecen, empiezan también a hacerse preguntas sobre sí mismos, sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre la justicia, la verdad y el sentido de la vida. Hasta llegar a una pregunta decisiva: «¿Qué hago yo aquí?».
Acompañar a un joven significa ayudarle a encontrar sus propias respuestas y a descubrir los talentos que puede poner al servicio de los demás. Para ello, necesitamos estar cerca, escuchar y dialogar, sin intentar decidir de antemano quién tiene que ser.
En este sentido, Bernhard nos invitó a mirar los límites de otra manera. No todos destacamos en lo mismo, y reconocer nuestras dificultades también puede ayudarnos a descubrir dónde podemos crecer. Lo importante es que cada joven vaya tomando las riendas de su vida, aprendiendo a elegir y a reconocer aquello que de verdad le interesa.
Confiar para abrirse al mundo
Una de las premisas fundamentales que Scholz puso delante fue que los jóvenes necesitan sentir que los adultos confiamos en ellos. Y no se trata de decirles que todo irá bien o de dejarles hacer cualquier cosa. Se trata de que perciban que queremos su bien, incluso cuando tenemos que corregirles o exigirles.
La confianza no elimina las dificultades, pero nos permite afrontarlas de otra manera. Si nuestros hijos crecen pensando que el mundo es una amenaza y que debemos protegerlos de todo, les resultará más difícil salir a su encuentro. Necesitan descubrir, a través de nosotros, que la vida es un bien y que merece la pena vivirla, también cuando no sabemos qué nos espera.
¿Qué ven nuestros hijos cuando nos miran?
Por otro lado, es importante que todos nos preguntemos ¿qué significa ser adulto?
Ser adulto no consiste únicamente en asumir responsabilidades, trabajar y sacar adelante las obligaciones de cada día. Significa comprometerse con la realidad que tenemos delante e intentar responder a ella buscando el bien.
Porque la vida no siempre es como nos gustaría. Hay dificultades en el trabajo, problemas en las relaciones y circunstancias que no podemos cambiar. Ante ellas, podemos resignarnos, vivir instalados en la queja o descubrir una oportunidad para hacer algo nuevo.
Y nuestros hijos nos están mirando. No esperan que seamos perfectos ni que tengamos todas las respuestas. Lo que necesitan ver es cómo afrontamos lo que nos sucede: si somos capaces de seguir adelante con dignidad, de buscar soluciones, de cuidar nuestras relaciones y de no dejarnos vencer por las circunstancias.
Como explicó Bernhard, un joven puede descubrir en un adulto que atraviesa una situación difícil una posibilidad para su propia vida. Ver que es posible afrontar los problemas sin quedar definido por ellos es una de las experiencias educativas más importantes que podemos ofrecerle.
«El mundo os espera, no le hagáis esperar»
En palabras de Bernhard que dirigió hace años a una promoción de alumnos de segundo de Bachillerato y que sigue muy presente en el colegio: «El mundo os espera, no le hagáis esperar».
No es solo una frase bonita. Encierra una manera de mirar a nuestros hijos y alumnos: la certeza de que cada uno de ellos tiene algo bueno que aportar, sea cual sea su futuro.
Bernhard insistió en que la esperanza no puede depender de que nuestros hijos tengan una buena carrera, consigan un trabajo determinado o disfruten de una vida sin problemas. No podemos garantizarles esas cosas. Tampoco su vida es un bien o es buena «si…» de una manera condicionada o relativa. Lo que sí podemos transmitirles es que su vida tiene un valor total y que ese valor no depende de sus resultados ni de las circunstancias que encuentren.
El mundo necesita a las nuevas generaciones, y ellas necesitan adultos que las ayuden a descubrir esa llamada. No se trata de preparar a los jóvenes para que encajen en un futuro que nosotros consideramos seguro, sino de acompañarlos para que puedan construirlo.
Amar al hijo que tenemos delante
Finalmente, movidos por la preocupación por el momento social que vivimos, la incertidumbre política y las dificultades para transmitir a los jóvenes unos criterios sólidos, Bernhard nos propuso empezar por algo cercano: compartir con ellos las razones de nuestros propios juicios y preguntarles qué piensan.
No buscamos que repitan nuestras opiniones ni que estén siempre de acuerdo con nosotros. Queremos ayudarles a pensar, a hacerse preguntas y a construir sus propias convicciones. Para eso hace falta tiempo, diálogo y la libertad de aceptar que, en ocasiones, vean las cosas de manera diferente.
Amar a nuestros hijos significa querer su bien. Tenemos el privilegio de acompañar a nuestros alumnos mientras descubren sus talentos y se abren a todo lo que la vida les ofrece.
Y quizá nuestra tarea más importante sea esta: que, al mirarnos, encuentren adultos que les transmitan que la vida es un bien, que merece la pena comprometerse con ella y que el mundo, de verdad, los está esperando.



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