Acerca del Informe PISA 2025 y la educación en España
SI HUBIERA HABIDO UNA EDUCACIÓN DEL PUEBLO TODO ESTARÍA MEJOR
Una reflexión acerca del Informe PISA 2025
Noticia de la Plataforma Educativa Scholaris
Introducción
PISA 2025 confirma que España atraviesa su momento más bajo desde que empezó a participar en el informe en el año 2000. El alumnado de 15-16 años obtuvo 477 puntos en ciencias, 451 en lectura y 457 en matemáticas, frente a los 493, 496 y 486 respectivamente de 2015, su mejor año histórico. Respecto al ciclo anterior (2022), la caída ha sido especialmente pronunciada: 23 puntos menos en lectura (más de un curso escolar completo), 16 en matemáticas y 8 en ciencias. España, que en 2022 se acercaba a la media de la OCDE, ahora se sitúa claramente por debajo (477 frente a 482 en ciencias), y la comparación con Japón —líder del ranking, con 538, 503 y 525 puntos— muestra una distancia de entre dos y tres cursos y medio.
Más allá de las cifras brutas, lo más llamativo es la trayectoria: el deterioro se ha acelerado entre 2022 y 2025, rompiendo un patrón histórico, ya que por primera vez la caída afecta con especial intensidad a los alumnos de familias con rentas altas, tradicionalmente los de mejor rendimiento. Como contrapunto, España destaca en variables no cognitivas —perseverancia ante el aprendizaje y sentido de pertenencia al centro educativo, ambas por encima de la media OCDE—, lo que sugiere que el problema no es de motivación o clima escolar. Los resultados de PISA, inevitablemente, son parciales; pasa exactamente igual que con los resultados de la PAU. Emergen algunos factores y se excluyen otros, pero es un planteamiento suficientemente objetivo y relevante como para tomarlo en consideración con las matizaciones que queramos. Dice algo significativo de la situación actual y hace una comparativa que, sin duda, deja a la educación española en un muy mal lugar. Nos atrevemos a proponer una serie de aspectos para tenerlos en cuenta y construir la realidad educativa, que es la realidad esencial para el renacer de lo humano y el porvenir de una sociedad.
- Pacto educativo. Falta de unidad
Hoy por hoy no contamos con un consenso fundamental, político y social, que genere seguridad y confianza acerca del tipo de educación que necesitamos custodiar y promover. Las distintas leyes educativas y programas políticos no logran limar los graves problemas que percibimos desde la sociedad civil (centros educativos, familias, asociaciones, etc.) y han acentuado, si cabe, la incertidumbre y precariedad en la que ya nos encontrábamos: ausencia de una propuesta educativa de fondo, desconfianza en las instituciones, exceso de uniformidad y burocratización, fragilidad y desamparo de las nuevas generaciones, pobreza en la transmisión cultural, ideologización, precaria formación y situación del profesorado, y un largo etcétera de preocupaciones que siguen marcando el rumbo de docentes y centros educativos.
- ¿En qué se ha insistido en España? Resultados estériles
En España la educación se encuentra tristemente atrapada en una maraña difícil de despejar. La pobreza cultural instalada en el sistema educativo es patente. Las diversas legislaciones, lejos de fomentar un gusto y una pasión por lo mejor de la tradición cultural y alineados con la errónea mentalidad de la educación comprensiva, han fomentado un debilitamiento paulatino del lenguaje y, por tanto, del pensamiento y la argumentación racional, un miedo endémico al esfuerzo, una narrativa ineficaz e incomprensible, empapada de lugares comunes que repiten los slogans y directrices de los planteamientos comunes. Por si fuera poco, esta falta de sustento se ve envuelta de procesos y burocracias asfixiantes, solo llamadas a justificar la dedicación de muchos y a generar una pura apariencia, que a la hora de la verdad, -como ahora- deja entrever sus límites y costuras.
- ¿Sabiduría en la escuela?
A todo lo anterior se suman nuevos retos. La presencia de la tecnología no parece ser por sí misma un factor discriminante en los resultados PISA. Podríamos asumir, eso sí, que la presencia de la tecnología, en contextos débiles y ausentes de propuestas educativas significativas, incrementará las debilidades del sistema, y que en aquellas escuelas o países en los que haya un sistema fuerte, se utilizará de manera ordenada y al servicio de los fines fundamentales establecidos. El Papa León XIV se ha convertido en una voz autorizada que ha señalado recientemente (ver Magnifica humanitas) el lugar que la educación debe tener en un mundo tan fragmentado como el actual:
“Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla» (n. 140). Pero efectivamente, el punto más importante no es la tecnología en sí, sino la capacidad de la escuela de ofrecer una propuesta verdaderamente integral, “abierta a todas las dimensiones de la persona» (n.145), y no solo a las exigencias del mercado laboral o la actualización tecnológica. Las máquinas pueden imitar lenguaje y simular comprensión, pero «no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio» (n. 89).
Nadie habla ya de “sabiduría” en la escuela. Ésta ha sido olvidada, degradada -como señaló proféticamente T. S. Eliot- a conocimiento, y el conocimiento reducido a mera información. No es de extrañar por tanto que la crisis existencial de jóvenes, familias y adolescentes, no encuentre en la escuela puntos de apoyo verdaderamente firmes. En ausencia de un saber unitario, verdaderamente personal y cautivador, propagador de sentido, la escuela se limita a ser un nido de protocolos, malestar y burocracia, y en el mejor de los casos, una pura trinchera en la que alumnos y familias encuentran sólo algún momento de descanso.
No vale responder a esta situación de crisis con vagos reclamos a la educación cívica, emocional o sentimental de nuestros alumnos. Todo esto no ha hecho más que agravar el problema porque es el fiel reflejo de la decadencia de la tarea educativa, asumida y defendida por instituciones, leyes, escuelas y profesores. No habrá bienestar, ni democracia, ni educación cívica, si nuestros alumnos no se ven insertos en contextos verdaderamente humanos, donde la cultura -y la sabiduría- pueda encontrar cauces y canales adecuados. Lo demás son panfletos y nomenclaturas incapaces de generar un auténtico cambio.
- Propuestas para no seguir cayendo
El informe PISA no es una foto fija: es una radiografía de una tendencia, y la tendencia española lleva ya varias ediciones apuntando hacia abajo. Frente al diagnóstico, toca hablar de remedios. Y conviene hacerlo sin caer en la tentación —tan española— de anunciar una «gran reforma» cada legislatura. Como recordaba recientemente Francisco López Rupérez en ABC, el declive de la lectura no es un accidente coyuntural, sino síntoma de problemas estructurales que arrastramos desde hace años y que ninguna ley educativa nueva ha sabido revertir. Frente a ese diagnóstico, examinamos cinco propuestas concretas.
- Formación al profesorado
Todo empieza y casi todo se sostiene en el aula, y el aula la sostiene el profesor. España sigue arrastrando un modelo de acceso y formación docente que prioriza lo administrativo sobre lo pedagógico: oposiciones memorísticas, formación inicial poco exigente y una actualización continua que, con honrosas excepciones, no pasa de ser un trámite burocrático. Necesitamos una carrera docente que atraiga a los mejores, que los forme de verdad en la disciplina que van a enseñar y en cómo enseñarla, y que los acompañe durante toda su vida profesional. En este sentido es necesario realizar un máster habilitante con dignidad cultural y vinculado a experiencias educativas vivas, que hayan demostrado una fecundidad y categoría. No hay sistema educativo que supere la calidad de sus profesores, y España lleva décadas sin tomarse en serio esa evidencia.
- Reválidas: exigencia y sana competencia
Hay que recuperar el sano sentido de la palabra «exigencia». Las reválidas —evaluaciones externas y estandarizadas al final de cada etapa— no son un capricho punitivo, sino un termómetro imprescindible. Sin ellas, el sistema navega a ciegas: no sabemos qué centros, metodologías o modelos de dirección funcionan realmente. El Estado tiene aquí una responsabilidad que hoy no ejerce: identificar qué experiencias educativas dan mejores resultados y en qué contextos, para después extender lo que funciona. Es, dicho de otro modo, un banco de pruebas constante: una manera eficaz —y barata— de aprender de lo que funciona, en lugar de utilizar la escuela como un conejillo de indias y justificación de los propios presupuestos ideológicos. La competencia entre centros e instituciones, lejos de ser un problema, es la única forma honesta de saber quién lo está haciendo bien.
- Libertad curricular y propuesta cultural
Aquí llegamos a una de las heridas más profundas: hemos vaciado de contenido cultural la escuela a cambio de currículos kilométricos, llenos de nomenclaturas y pretensiones absurdas. Los planes de estudio actuales son un corsé burocrático: exhaustivos en el papel, pobres en la práctica, y con un margen de autonomía real casi inexistente para los centros y los docentes. Hace falta lo contrario: currículos más esenciales, con una exigencia y claridad bien determinada acerca del perfil de salida. Las operaciones y capacidades más elementales -como el leer, escribir, razonar y argumentar- brillan por su ausencia; la escuela debe recuperar su dignidad cultural —los clásicos, la historia, el arte y la literatura—, permitiendo que cada proyecto educativo la viva y ejemplifique con su propia identidad y sensibilidad.
- Liderazgo y dirección de los centros
La dirección escolar en España sigue siendo, en muchos casos, un cargo administrativo más que un verdadero liderazgo pedagógico. Faltan directores con autoridad real, con capacidad de configurar equipo, exigir y sostener un proyecto educativo propio a lo largo del tiempo. Y faltan, sobre todo, escuelas con identidad: centros que sepan explicar por qué existen, qué quieren transmitir y hacia dónde quieren llevar a sus alumnos. La uniformidad reglamentaria ha ido matando poco a poco esa capacidad de tener un rostro propio. Sin liderazgo no hay proyecto, y sin proyecto no hay propuesta ni comunidad educativa que merezca ese nombre.
- Subsidiariedad: el valor debe hacerse valer
El Estado tiene que reconocer el valor de las experiencias educativas que nacen de la sociedad civil, sean concertadas o privadas. No podemos seguir aceptando una sospecha política sistemática hacia toda iniciativa que no sea estrictamente estatal. El derecho a la educación es de los alumnos y de las familias; la respuesta a ese derecho no es monopolio del Estado, que actúa de manera subsidiaria, no sustitutiva. Lo dijo con humor certero Enrique García-Máiquez en El Debate al imaginar escuelas públicas de excelencia, abiertas y exigentes: pedía colegios donde los chicos puedan descubrir «que destacar no constituye una ofensa».
Una tarea compartida
Estas propuestas actúan como ajustes concretos, algunos casi sin coste, pero exigen sobre todo una cosa: voluntad política sostenida en el tiempo, más allá de los ciclos electorales. Los resultados que PISA acaba de revelar no se arreglarán con un decreto de urgencia ni con más o menos pantallas en el aula; solo habrá un verdadero progreso si volvemos a darle a la escuela su propia dignidad. Esto implica educar conforme a las exigencias del ser humano, libertad e identidad. Es tiempo de educar.
Juan Ramón de la Serna
Director de la Fundación Internacional de Educación y del Colegio Internacional J.H. Newman
Nacho de los Reyes
Responsable de la Plataforma Educativa Scholaris.



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