John Henry Newman, un hombre comprometido con la verdad
El Colegio Internacional J. H. Newman celebra su vigésimo aniversario este año. Veinte años llevando el nombre de un gran hombre, ya santo, referente educativo de nuestra institución en muchos aspectos. Hoy, os contamos su historia y descubrimos los pilares que sustentan nuestra educación.
John Henry Newman nació en 1801 en el seno de una familia de clase media en Inglaterra. Fue un gran estudiante; siendo joven, ingresó en el Collage de Oxford, donde conoció a grandes amigos (John Keble, Edward Pusey, Richard Froude entre otros) con quienes creó el movimiento de Oxford. Además, al inicio de estos años, reconoció en él una llamada al sacerdocio en la Iglesia anglicana. Ambas realidades permitieron a Newman ir al fondo de la verdad a la que se estaba acercando, tanto a través de los famosos Tracts, como de la lectura de los Padres de la Iglesia. Estos últimos en especial agitaron el interior de este, ya que reconoció en ellos una unidad y un crecimiento en la fe que él también deseaba.
Cuanto más se acercaba John Henry Newman a las palabras de los Padres de la Iglesia, más incoherencias reconocía en las ideas promulgadas por él y sus amigos del movimiento de Oxford. Frente a este presentimiento de una verdad mayor –aun siendo vicario en St. Mary y tutor y profesor en el Collage– Newman, decidió retirarse a Littlemore, dejando así su vida universitaria de lado.
Sin embargo el espíritu universitario no lo llegó a abandonar nunca. Era un hombre que estaba vivo y, para permanecer fiel a su conciencia, se vió obligado a cambiar. El 9 de octubre de 1845 pidió el ingreso en la Iglesia Católica tras una larga confesión con el padre Barberi. Sus grandes amigos se alejaron de él, acusándolo de traición y tuvo que abandonar su amada Oxford definitivamente.
No solo le bastó con dar su sí al catolicismo sino que, además, viendo la necesidad de unidad allá donde iba, ingresó en los Oratorianos de S. Felipe Neri. Allí atendió a los inmigrantes pobres y a los obreros de las fábricas que acudían al Oratorio para participar en el culto. En 1854 se le pidió fundar la Universidad Católica de Irlanda y el Colegio Oratory School en Dublín. Ambos proyectos le llevaron a estudiar en profundidad el valor de la educación y la forma más adecuada de educar.
Escribió Apología Pro Vita Sua en 1862 porque entendió que solo podía responder a algunas acusaciones con el testimonio de su vida, un “argumento” encarnado. En 1879 León XIII le nombró cardenal, murió diez años después con gran reconocimiento tanto de la iglesia católica como de la anglicana. En 2011 el Papa Benedicto XVI promovió su beatificación, y en 2019 el Papa Francisco le reconoció como santo.
La propuesta educativa de Newman y los cimientos de nuestro colegio
John Henry Newman sustentó su vida sobre tres grandes pilares: la unidad como única forma del hombre cristiano, la razón como herramienta de conocimiento privilegiada y la búsqueda de la verdad como motor de acción. Sobre estas tres, también basó su educación en distintos aspectos de la misma bajo la afirmación de que la búsqueda, el descubrimiento y la fidelidad son experiencias profundamente humanas inseparables de una amistad.
1. El desafío de la libertad
Para Newman, la gran cuestión que condicionó su vida entera fue la del asentimiento a la verdad, es decir, la capacidad del hombre de decir sí a lo que se reconoce. Se dió cuenta de que el conocimiento, por tanto, implica a la totalidad de la persona, porque lo que uno es no está separado de lo que uno ve y afirma. Bajo el lema Cor ad cor loquitur, percibió, por tanto, que la clave educativa era el encuentro con el otro: una libertad que habla a otra libertad. Es decir, si no partimos de lo que yo soy y de lo que tú eres, no habrá posibilidad de educación. Solo en el encuentro entre dos corazones que hablan entre sí hay una realidad educativa.
2. La dimensión personal de la educación
Para Newman la clave educativa enfocada hacia el descubrimiento de la verdad estaba ligada a la amistad, a la relación humana con otro. Por esto mismo exaltó la figura del maestro, resaltando la primacía de la relación personal versus la institucional en cualquier circunstancia de aprendizaje.
El maestro, para ser tal, debe cumplir unos atributos inherentes al mismo:
- Ser un adulto, es decir un puerto seguro en el que el niño pueda sostenerse y este sea introducido en la verdadera realidad. Esta dinámica no sustituye al alumno, de hecho, ensalza su protagonismo porque es él mismo quien pone al adulto frente a su circunstancia.
- Poner en juego la libertad. El maestro debe ser provocador de la libertad del alumno, introduciéndole en las grandes preguntas, y debe a su vez respetar la respuesta frente a estas. Cada niño tiene un proceso, un aprendizaje, un tiempo para decir sí y esto, un educador, en ningún caso puede saltárselo.
- Uno con quien dialogar. La clave de la relación con el amigo es alguien con el que contrastar y buscar la verdad. Por tanto el maestro debe ser ese con el que poder mirar la realidad entera y entablar conversación, mirando dónde está la verdad escondida en ella.
- Uno en quien reconozco la verdad. La figura del maestro siempre lleva implícito un atractivo, el cual siempre está vinculado a una verdad mayor. Es por esto que el alumno en relación con él reconoce un posible camino hacia ella.
3. La integridad en la educación
Para poder alcanzar el conocimiento verdadero es necesario que este sea razonable, es decir, que haya un uso adecuado de la razón. Esta última, según Newman, es la gran aliada de la fe. La verdadera educación es aquella que permite una visión unitaria de la realidad, donde no hay una ruptura entre los distintos niveles de conocimiento, sino que busca una armonía y una complementariedad entre los distintos saberes. Él muestra la necesidad de que los alumnos tengan un conocimiento igualmente amplio de la realidad, por lo que habrán de tener un profundo conocimiento filosófico y teológico, lo que no implica que deba hacerse de manera separada de los demás conocimientos, sino en diálogo con las demás ciencias.
John Henry Newman fue un gran hombre que nos hace darnos cuenta de que –con sus mismas palabras– «los grandes sitios del aprendizaje debían tener un ambiente de pompa y circunstancia» ya que «¿qué cosa tiene más derecho a las más puras y bellas posesiones de la naturaleza que la sede de la sabiduría?».
Seguimos celebrando juntos la educación como camino hacia la verdad.




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